PARIS, A NUESTROS PIES


Fue una de esas tardes que no se olvidan. En España se festejaba el levantamiento del 2 de mayo. Nosotros caminábamos por Montmartre sin saber que estábamos a punto de librar nuestra pequeña batalla. Una incursión emocional, sin banderas ni proclamas, pero que se sintió como una victoria. Una conquista íntima, invisible para los demás. Una conquista que nos hizo ganarnos un hueco fugaz en el corazón de locales y forasteros.
 

Estábamos en Montmartre, bajando a pie desde la basílica del Sacré-Cœur. El calor del día comenzaba a ceder, y a París, en esa pequeña colina, le costaba respirar. Había mucha gente, pero no agobiaba. El sol caía despacio, tiñendo los tejados y las fachadas de nada. Una ligera capa de nubes, en ese instante, apagaba la Ciudad de la Luz. 

Bajábamos sin prisa. Teníamos una reserva para cenar, pero caminar despacio, a esa hora de la tarde, ya era parte del plan.

En una pequeña plaza, justo antes de las escaleras que llevan hasta el carrusel, encontramos a una pareja de músicos callejeros. Guitarra, voz y poco más. Cantaban sin estridencias, con la naturalidad de quien lo hace todos los días. Nos quedamos un rato escuchando. 

Sinceramente —y para qué engañarnos—, la modestia no me dejó pensar en que, a poco que saliera medio bien la cosa, podríamos hacerlo mucho mejor. Menudo fantasma.

Me acerqué y les pregunté si podíamos tocar con ellos. Dijeron que sí, sin pensárselo apenas. Nos dejaron una guitarra, un micrófono y, de pronto, estábamos solos ante la multitud.

Y allí, en mitad de Montmartre, tocamos. Mi mujer, mi hija y yo. Para su público. Que ya era nuestro también. Más de quinientas personas —o eso parecía—, reunidas sin haberlo planeado.

Fue mágico. No tanto por la música, ni por la cantidad de gente, sino por el momento. Por estar allí los tres, compartiendo eso. Porque a veces basta con un instante para que todo encaje.

Cuando terminamos, la gente aplaudió. Nos hicieron fotos, nos dieron las gracias, nos felicitaron. Un pequeño baño de multitudes. Nada más. Nada menos.

Y nos fuimos. Sin decir mucho. Lo que teníamos que dar, ya lo habíamos dado.

París, por un momento, se rindió a nuestros pies.


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