LA CAJITA DE MÚSICA


A veces, lo cotidiano, puede solo con un soplo de polvo de letras, convertirse en algo realmente mágico.

Mi hijo se nos acercó esta mañana con un diente en la mano. No dijo gran cosa. Solo que se le había caído. Sonreía con la encía roja y los ojos brillantes. Luego se lo dio a su madre y siguió jugando con sus primos. Como si nada.

A él se le olvidó en cuanto salió al pasillo. A mi mujer, no, y ahora, mientras camino por Montmartre he recibido una llamada suya.

—Compra algo para el peque. Lo que sea. Un detallito por lo del diente.

Como sin querer, como si me empujara una idea que  no sé explicar, vago por las calles de París, hacia el Sacré-Cœur, visitando rincones que se salen de las guías turísticas. Es precioso viajar. Hacer turismo, no me gusta.

Hace calor este mayo. El empedrado está cansado. Qué no habrán visto estas aceras.

Frente al carrusel, al pie de las escaleras que suben hacia la basílica,  una chica canta Natural Woman con micrófono y sin miedo. Nadie la aplaude, pero canta igual. Me dan ganas de sentarme y no moverme. Pero tengo una ligera prisa.

Al entrar en una tienda pequeña de recuerdos, entre estantes y baratijas, encuentro una cajita de música, apilada junto a otras muchas.  Es de cartón, naranja y pequeña. Cuando giro la manivela suena Let It Be. Me encanta. Creo que será ideal para cambiarla por el diente…

La compro. Sin pensarlo. Bueno, no es verdad del todo, si que lo pienso. Pienso en Joel, y cuando dentro de muchos años, yo ya no esté, el recordará este viaje a París con los ojos brillantes, como hoy mientras nos daba el diente.

Por la noche, cuando la casa duerme, entro en su cuarto. Él también duerme, de lado, como siempre. Me agacho despacio y dejo la cajita bajo su almohada.

Luego apago la luz y me quedo allí, un segundo, escuchando cómo crece.

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