MÁS ALLÁ DEL INFIERNO

Siempre, desde que tengo uso de razón, he pensado que el mal es una creación exclusiva de los hombres, un vestigio de nuestras debilidades, de nuestros horrores y temores más profundos. Pero al cruzar, en sueños o en vigilia, las fronteras de lo convencional, he visto que la verdad es aterradora: el mal, en su forma más cruda y visceral, no es meramente una ilusión ni un eco lejano de la conciencia. No, es una presencia tangible, una sombra oscura y alargada, omnisciente, que se desliza entre nosotros, aguardando con paciencia infinita el instante propicio, el momento idóneo. El mal se cierne no solo como un concepto abstracto, sino como una fuerza capaz de arrasarlo todo a su paso, lista para desatar el caos en el momento más inesperado, menos oportuno, y aniquilar, súbita e irremediablemente, cualquier atisbo de cordura, incluso de vida. El mal no entiende de recompensas celestiales ni de castigos del inframundo; el mal solo entiende de dolor, sufrimiento y caos prolífico. Yo lo vi.
El olor a cieno se colaba por la rendija que había dejado entreabierta en la ventanilla de mi vieja pickup. No había decidido aún, aunque ya tocaba, cambiarla por otra.
No era cómoda, ni estaba en buenas condiciones, pero cumplía su cometido; gastaba mucho y, aunque contaminaba más que aquellos modernos coches eléctricos, mientras tirara, no tenía intención de cambiarla.
Además, estaba seguro de que, no tardando mucho, la poderosa industria del automóvil nos sorprendería con algún nuevo invento que dejaría en ridículo las maravillosas bondades de los coches eléctricos. Era cuestión de tiempo.
Conducía por la serpenteante 55, dejando atrás la ciudad de Nueva Orleans, camino a un pequeño pueblo cercano a Jackson, la capital de Mississippi. Google Maps prometía menos de tres horas, un tiempo que se sentía efímero en comparación con la riqueza de lo que esperaba encontrar.
Me había trasladado hace poco a la bulliciosa ciudad de Nueva Orleans con la intención de abrirme camino entre los prestigiosos luthiers que, como alquimistas, creaban guitarras para los maestros del blues que resonaban en cada rincón del estado de Luisiana. Tras cotillear aquí y allá, habían llegado a mis oídos rumores sobre Jack, un anciano venerable, casi mítico, que, se decía, tenía la mejor madera de fresno del pantano, un manjar que podría, sin duda alguna, dar vida a mis creaciones.
La carretera se extendía ante mí como un río de asfalto que vibraba al ritmo del traqueteo de mi furgoneta, mientras mi mente se perdía entre emociones y continuas expectativas.
A medida que me aproximaba a mi destino, la noche se cernía sobre el paisaje en una oscuridad que se hacía cada vez más densa. Era el momento de abandonar la recta 55 y, con ello, comenzar a culebrear por las carreteras comarcales que llevaban a la retirada finca de Jack.
Una sensación inquietante se apoderaba de mí; conducir de noche no era precisamente mi actividad favorita, y menos aún cuando el terreno es indómito y desconocido.
Era un déjà vu que ya había experimentado en múltiples ocasiones: mi falta de previsión al volante, siempre acechando, lista para hacer acto de presencia. La ansiedad empezaba a infiltrarse y apoderarse de cada poro de mi piel. Odiaba cada segundo de esta situación, cada palpitación que me recordaba la incomodidad de estar a solas con mis pensamientos, al volante, en un lugar tan odioso. Y, para colmo, había olvidado mis gafas, lo que no hacía más que intensificar mi frustración. Aun así, a pesar de que solo quedaban unos pocos kilómetros para alcanzar los dominios de Jack, la intranquilidad y la mala leche subían por el esófago hasta mi boca en partes iguales.
Eran algo más de las 17:45 horas, la noche prácticamente cerrada se comía el paisaje. Solo quedaban doce kilómetros para alcanzar mi destino. La vieja carretera, un laberinto de baches y grietas, me invitaba a acelerar. Lo hice tanto como pude. Al llegar al último desvío, un camino de tierra se extendía ante mí, desvaneciéndose en el horizonte hacia el aserradero de Jack. Tenía una cita con el entorno a las 18:00 horas; el GPS, implacable, me advertía que llegaría unos minutos tarde.
Desde el sendero polvoriento que se deslizaba entre los árboles, mis ojos se posaron en la distancia, donde, casi como un espejismo, la silueta de una antigua estructura de madera se erguía, recortándose contra el vasto y oscuro cielo.
El camino levantaba una densa nube de polvo a mi paso, que se entrelazaba con el canto de los primeros grillos, en contraste con el eco de las potentes sierras circulares que, aún en funcionamiento, resonaban en la lejanía.
Finalmente, llegué. Aparqué mi vieja furgoneta, su motor resonaba en el silencio que comenzaba a envolver el lugar, y me dirigí, con paso decidido, hacia aquella imponente casa de madera. La urgencia de no hacerles esperar más me impulsaba. La puerta, entreabierta, oscilaba con un ligero vaivén, chirriando con cada ráfaga de aire que empezaba a levantarse, como si estuviera esperando mi llegada.
A medida que me acercaba, el eco de mis pasos se perdía en la penumbra del camino. Las sierras resonaban, su sonido cada vez más fuerte era un canto que anunciaba mi proximidad. Sin embargo, al llegar, nadie salió a recibirme. Llamé al timbre, pero el silencio fue mi única respuesta. Aunque la puerta abierta parecía invitarme a entrar, esperé, conteniendo la respiración, hasta que la impaciencia se volvió insoportable. Finalmente, con cautela y un toque de discreción, crucé el umbral de aquel edificio. Lo que allí me esperaba era aterrador.
Del techo de aquel taller industrial colgaban, boca abajo y desangrándose, los cuerpos sin vida de quienes parecían ser los empleados de Jack. Aún calientes, desnudos y abiertos en canal, ofrecían una visión desgarradora. En el centro de aquella vasta sala, donde la sangre y el serrín se entremezclaban formando un macabro mosaico, una gran cruz de madera se erguía imponente, siendo el único testigo del horripilante caos que la rodeaba.
El cuerpo de Jack, crucificado cabeza abajo, ofrecía una visión espeluznante. Sus ojos habían sido arrancados, como si alguien hubiera querido impedirle ver el horror que había desatado. Aún humeante, a medio quemar, su cuerpo descansaba sobre los enormes clavos que lo mantenían sujeto a los tablones de fresno que le habían dado forma a aquella monstruosa cruz.
Sobre sus pies, grapado al travesaño vertical que sobresalía en la parte superior, un cartel de cartón mal recortado proclamaba: “Coge la puta madera que has venido a buscar y márchate”. Las palabras resonaban en el aire. La advertencia inquietante en medio de aquella brutal carnicería me hizo mearme encima.
La idea de que el Ku Klux Klan pudiera estar detrás de aquel acto de violencia cruzó por mi mente, una hipótesis precipitada alimentada por el contexto en el que me encontraba y la trágica realidad de que todos los cuerpos expuestos parecían de raza negra. Sin embargo, el pensamiento se desvaneció rápidamente, ahogado por el horror de lo que comencé a presenciar.
El cuerpo sin vida de Jack comenzó a contorsionarse sobre la cruz, como si una fuerza oscura lo animara cual marioneta. Los huesos crujían con cada movimiento grotesco, un sonido espeluznante que resonaba en la sala.
El miedo me paralizó; un frío helado recorrió mi espina dorsal. Cuando finalmente logré reaccionar, el viejo estaba a menos de un palmo de distancia.
— Coge la puta madera que has venido a buscar y vete — me chilló, con una voz grave y desgarradora que se trasladó por el aire como si emergiera de las mismas profundidades del infierno. Sus palabras penetraron en mi mente como un mandato ancestral.
Entré en shock, un torrente de confusión me dejó sin palabras, sin acciones. Era como si, de repente, me hubiera metamorfoseado en un bebé baboso atrapado en un cuerpo de adulto. El terror me envolvía; su intensidad desgarraba mis conexiones neuronales y convertía mi mente en una espesa papilla.
— ¡Agarra la maldita madera, miserable bastardo, y lárgate! — gritó de nuevo, mientras su mano, marchita y envejecida, se aferraba a mi cuello con una fuerza mastodóntica que parecía emanar de las profundidades del inframundo.
Luego, como si el vendaval de su furia se extinguiera, Jack se desplomó frente a mi; su cuerpo convulsionó levemente antes de reposar, inerte, sobre el serrín, como un eco de lo que había sido.
En ese instante, mientras mis pasos resonaban sobre el suelo de aquella nave y cargaba un par de tablones, una revelación me asaltó. El mal no está simplemente entre nosotros; el mal es. Su esencia ha existido desde tiempos inmemoriales, se manifiesta cuando quiere, sin rendir cuentas a nadie. No teme ser juzgado, ni se siente obligado a explicar su presencia. Es un concepto tan antiguo como el tiempo mismo, que nos atrapa insospechadamente, irrumpiendo en nuestras vidas con una surrealista elegancia, desapareciendo luego como un susurro, dejando, tras su paso, solo el vacío. Apenas habían transcurrido unos minutos desde que encendí el motor de mi furgoneta, dispuesto a escapar de aquel escenario infernal, cuando, al mirar por el retrovisor, entre la nube de polvo que levantaban las ruedas traseras, un espectáculo escalofriante se desató ante mis ojos: el enorme aserradero, ese coloso de madera, comenzó a arder de manera espontánea. Las llamas, voraces y vivas, se alzaban varios metros entrelazándose con la oscuridad de la noche, creando un sinfín de sombras que se retorcían de forma amenazante. Un viento implacable se levantó, avivando el fuego que engulló, sin compasión, cada rincón de aquella finca.
En la parte trasera de mi pickup, unas pocas pavesas se posaban como testigos silenciosos de la catástrofe. Las visiones de lo que allí viví, junto a las de lo que aún estaba por venir, se aferraban a mi mente, como sombras que no cesan y me atormentaban incansablemente.
Logré por fin encarar la 55 de nuevo al salir de aquel camino de tierra. Era muy tarde ya para emprender la vuelta hasta Nueva Orleans. La ciudad de Madison estaba cerca. La idea de descansar y cerrar los ojos, aunque fuera por un instante, se presentaba tentadora. Pero, ¿cómo podría encontrar el sueño tras todo lo que había acontecido? La batalla interna prometía ser, sin duda, ardua y complicada.
Iba tan ensimismado, tan absorto en mis pensamientos, que no vi a la chica que, poco después de cruzar el umbral de la 55, avanzaba por el arcén en dirección a Madison.
Fue un instante, un choque brutal; su cuerpo se elevó, como si desafiara la gravedad, y voló al menos seis metros tras el impacto.
— ¡Me cago en la puta! —grité, rompiendo el silencio sepulcral que me envolvía en el interior de mi coche.
De inmediato, aparté mi furgoneta y corrí hacia ella; un impulso visceral me instaba a auxiliarla. Pero al llegar, la escena que se me presentó fue desconcertante: no había rastro de la chica. Solo un charco espeso, un vestigio de lo que alguna vez fue vida, manchaba el asfalto. Miré a mi alrededor frenéticamente; las potentes luces de mi Ford iluminaban cada rincón, pero ella se había desvanecido en el aire como un aullido en la noche.
— ¿Qué está pasando? —mi voz resonó, como un eco de desesperación que se perdió en la indiferencia de la noche, que se burlaba de mí y de mi absurda situación.
Consciente de mi creciente pánico, decidí regresar al vehículo. La luz intensa de los faros me deslumbraba; tenía las pupilas tan contraídas que no la vi. Allí estaba, sentada en el asiento del copiloto, impávida, con un torrente de sangre brotando de su boca, su nariz y sus ojos. Su mirada electrizante, un abismo de desolación y misterio, me observaba, mientras una sonrisa entre pícara y burlona asomaba en su rostro, despojando de cordura los últimos vestigios que me quedaban.
— ¿Te apetece que vayamos a la parte de atrás? —susurró, desabrochándose la chaqueta con una lentitud casi hipnótica.
Un estremecimiento recorrió mi cuerpo. Había algo en ella, un magnetismo irremediablemente atractivo que encendía un deseo desbordante en mí, casi incontrolable.
— Sé que lo estás deseando —balbuceó, como una sirena seductora en medio de una odisea.
Pero en un instante de claridad, logré liberarme de su embrujo. Con un movimiento decidido, le propiné una patada contundente que hizo que su cuerpo se desplomara sobre el asiento. Aproveché la confusión para abrir la puerta, empujarla hacia el exterior y precipitarla contra el suelo, mientras huía de aquel lugar como un alma en pena. Desbocada y a toda velocidad, observaba por el retrovisor derecho cómo el cadáver se volatilizaba y ascendía hacia el cielo como una columna de humo blanquecino y etéreo.
En aquel instante, una epifanía me atravesó: las prisas, esas aliadas engañosas, no habían sido más que consejeras traicioneras. Decidí desacelerar, permitiendo que mis pensamientos se entrelazaran con la realidad de la carretera, temiendo que un nuevo indeseable se cruzara en mi camino. En la serenidad que emergía de la calma, me sumergí en una profunda reflexión, intentando desentrañar el laberinto de acontecimientos que me rodeaban. Quizás, nada de aquello había ocurrido.
Seguramente llegué tarde al aserradero de Jack, y cansados de esperar se habrían marchado. Robé los tablones al ver la puerta entreabierta y mi mente inventó el resto para justificar tal tropelía. A veces, nuestra mente, en su afán de protegernos, nos juega crueles pasadas.
Y lo que respecta a la chica... ¿acaso no era posible que, en mi frenética carrera, hubiera atropellado a alguna criatura desprevenida? Un pequeño animal que, en la vorágine del asfalto, se desvaneció tras el impacto. Si no era más que un gato o algo de similar tamaño, el golpe lo arrojó lejos del camino, y la oscuridad de la noche se tragó cualquier vestigio de su existencia. Después, las luces potentes de los faros que me apuntaban inquisitoriales y la ansiedad acumulada hicieron el resto.
Todo ello, quizás, era un mero producto de mi agotada imaginación, alimentada por el estrés del cambio de domicilio, las interminables horas en el taller durante las últimas semanas y la odiosa travesía hacia la finca de Jack. Conducir en esas condiciones, sin mis gafas, era un desafío que desataba una ansiedad que, tal vez, distorsionaba mi percepción de la realidad.
De repente, un pequeño cartel apareció ante mí, invitándome a abandonar la carretera hacia un modesto motel. Era el momento perfecto para hacer una pausa. La travesía hacia Nueva Orleans aún se extendía por un par de horas, y yo me sentía demasiado fatigado para enfrentar ese trecho en condiciones aceptables. Así que, sin pensarlo más, tomé la decisión de desviarme.
La carretera recta y limpia guiaba mi vista hacia una pequeña construcción de madera. No tardé en llegar. El motel, envuelto en una penumbra acogedora, me ofrecía un respiro, un remanso de calma en medio de la fatiga que se había acumulado sobre mi espalda.
La idea de dejar atrás el lastre de aquel viaje horrible, aunque solo fuera por un instante, se transformó en un alivio esperanzador.
Al descender del vehículo, me dirigí hacia la recepción, pero antes de avanzar, un vistazo hacia atrás me detuvo. Mi Ford Ranger azul, batallador y cansado, parecía estar sumido en un abrazo de polvo y sombras. Cada crujido de su metal al enfriarse resonaba como un eco de advertencia, un recordatorio de las penurias del camino. El motor aún humeante contrastaba con el frío cortante de esa noche de diciembre. La pintura y la chapa, desgastadas y cansadas, clamaban por un repaso urgente; aunque me resistiera, evidentemente, el momento de jubilarla había llegado.
Al entrar al motel, la recepción me recibió con la imagen de una mujer mayor y un hombre negro, notablemente más joven, que me esperaban tras el mostrador. La familiaridad de sus rostros me hizo estremecer. La chapa del botones desvelaba un nombre que me paralizó: Jack. Al acercarme, la vi. Era ella. La chica que había atropellado en la carretera. Más madura, con arrugas que narraban historias de tiempo, pero indiscutiblemente ella.
— Buenas noches. ¿Cómo puedo ayudarle? —preguntó con voz amable que contrastaba con la tormenta de recuerdos que me asaltaba.
Era extraño, inquietantemente extraño; no parecían reconocerme en absoluto.
— Necesito una habitación —balbuceé, las palabras se escapaban de mis labios como un susurro inseguro.
— Por supuesto. Necesitaré una identificación y su tarjeta de crédito —respondió con una amabilidad casi despreocupada—. Jack, ayuda al señor… Morgan — su mirada se posó un instante en la tarjeta, con discreción.
— Claro que sí —contestó Jack—. Sr. Morgan, sígame.
Lo seguí a lo largo del pasillo desierto, donde el silencio reinaba y el tiempo parecía haberse detenido en aquella casa de estilo colonial. Rápidamente, llegamos a mi habitación. Jack, con un gesto cortés, me entregó las llaves y se marchó. Sus pasos sobre la madera resonaron como ecos de ultratumba mientras se alejaba.
— Que tenga buena noche, Sr. Morgan —se despidió en la distancia.
— Gracias, Jack —respondí, sintiendo cómo el peso de la confusión me oprimía.
— Si necesita algo, no dude en llamarnos. Verónica o yo mismo estaremos encantados de ayudarle.
Cerré la puerta detrás de mí, observando la habitación en busca de signos de lo que, en unas pocas horas, se desataría. Todo parecía normal, pero la inquietud se cernía en el aire, como un presagio apenas perceptible. Dejé mis cosas sobre la mesilla y me quité la ropa, sintiendo el alivio inmediato de la piel al aire. Necesitaba una ducha.
Todo parecía transcurrir con normalidad, el agua corriendo, el vapor envolviendo el ambiente, hasta que, de repente, el chorro comenzó a oscurecerse.
De la vieja alcachofa, un líquido negruzco se mezcló con el agua caliente, primero como un susurro, casi imperceptible, pero pronto se convirtió en un torrente de oscuridad que reemplazó por completo la claridad del agua. Se adhirió a mi piel, como si poseyera una voluntad propia, fluyendo y retorciéndose con una intención deliberada. Quedé paralizado; un denso miedo helado se apoderó de mí, mientras esa abominación se reagrupaba alrededor de mi pecho, trepando sin piedad hacia mi rostro.
La terrorífica sensación de impotencia se intensificó. Pensé que estaba a punto de morir. Con un impulso feroz y casi sobrenatural, esa mancha viscosa alcanzó mi rostro, invadiéndome. Sentí cómo se introducía en mis orificios, atravesando mi nariz, mis oídos, y mi boca. La asquerosidad de su textura me llenó de náuseas mientras descendía por mi esófago como un torrente oscuro que se diseminaba por cada rincón de mi cuerpo, como si se tratara de un virus insidioso. La desesperación se apoderó de mí, mientras la oscuridad se instalaba, consumiéndome desde adentro.
Sentí entonces un estallido en mi interior, como si un globo lleno de agua me explotara dentro. Volví en ese momento a la realidad; el agua caía clara y caliente de la ducha mientras los restos de champú resbalaban hacia el desagüe desde mi cuerpo.
Una vez más, mi mente había tejido un entramado de pesadillas, un cruel juego que me empujaba a la locura. Era evidente que el agotamiento me había llevado al límite. Tras secarme, me deslicé bajo las sábanas, y el cansancio me envolvió sumiéndome en un profundo sueño.
No habían pasado más de dos horas cuando un sobresalto me sacudió. Un extraño y ensordecedor murmullo se agolpaba en el exterior del motel, una ola de inquietud que rompía la calma de la noche. La curiosidad, más poderosa que el miedo, me llevó a acercarme a la ventana, ansioso por desentrañar el misterio de aquel alboroto.
Lo que vi me dejó sin aliento. En el aparcamiento, una enorme cruz de madera se erguía como un oscuro presagio, rodeada por figuras moribundas que danzaban de manera macabra a su alrededor. Eran los mismos que, unas horas antes, colgaban destrozados en el techo del aserradero. En el centro de aquel horror, un púlpito de cristal se alzaba, y allí estaba Verónica, ahora rejuvenecida, esbelta, vestida con ropajes extraños que acentuaban su silueta. Era la reina de aquel ritual espeluznante. Jack, a cuatro patas y encadenado, actuaba como un esbirro del inframundo, protegiéndola con una lealtad inquietante.
Los cantos estrambóticos que resonaban en el aire conferían al ritual una atmósfera ancestral, un eco de tiempos oscuros que helaba la sangre en mis venas. Desde mi escondite, observaba, más allá de la incredulidad, el esperpéntico espectáculo que se desarrollaba ante mis ojos.
De repente, como si emergieran de las sombras, dos imponentes hombres, con el torso desnudo y músculos marcados, aparecieron llevando a un hombre maniatado. Sus gritos desgarradores, semejantes al alarido de un cerdo desalmado, retumbaban en la noche, un lamento que resonaba con la desesperación de un alma atrapada en un abismo de horror.
La escena era un torbellino de pesadilla, un cuadro grotesco que desafiaba la lógica, y yo, atrapado tras la ventana, era un espectador involuntario de un rito que desbordaba la cordura.
Y entonces, como si el destino tejiera un lazo cruel, me vi a mí mismo. Era yo quien, en breve, sería clavado boca abajo en la cruz, un sacrificio grotesco destinado a la locura. La imagen de mi propio cuerpo, sometido a tal horripilante destino, me arrojó en un abismo de desesperación. La visión de mis ojos siendo arrancados, la agonía de las llamas devorando mi carne, se grabó en mi mente como un eco desgarrador, aniquilando cualquier atisbo de cordura que aún me quedaba.
La realidad se desdibujó ante mí, y me dejé caer al suelo, sintiendo cómo la gravedad de aquel horror me absorbía. Poco a poco, me encogí sobre mí mismo, como un niño asustado buscando refugio en la oscuridad. El silencio de la habitación, salpicado por los murmullos distantes del ritual macabro, me envolvió como una manta pesada, un abrazo espectral que prometía una eternidad de pesadumbre.
En ese momento, las paredes se cerraron a mi alrededor, y la locura se convirtió en mi única compañera. La visión de mi futuro, tan terriblemente vívida, se convirtió en una prisión de terror. Los murmullos se transformaron en un canto siniestro, un susurro que se filtraba en mi mente, llevándome aún más profundo en el abismo de la desesperación. La habitación se desvanecía, y yo, atrapado entre la realidad y la pesadilla, me convertía en un espectador impotente de mi propio final.
De repente, la realidad me sacudió como un rayo. Desperté; el sol se filtraba a raudales por la ventana de mi habitación, ubicada en la parte superior de mi taller en Nueva Orleans, inundándolo todo con su luz intensa que anunciaba el mediodía. Miré el reloj: era algo más de las 12:00 h. La noche anterior, siguiendo la costumbre de las últimas semanas, había salido a disfrutar de la animada vida nocturna de la ciudad. Había bebido más de la cuenta y, al parecer, había conocido a Jackelin, como indicaba la chapa del hotel que yacía tirada en el suelo, mezclada con su ropa interior. Ella, desnuda, yacía en mi cama, exhibiendo su hermoso cuerpo de ébano.
Decidí dejarla dormir y me apresuré a vestirme. Tenía una cita a las 18:00 horas con Verónica en Jackson. Verónica, la heredera de una moderna fábrica de procesamiento de madera a las afueras de la capital de Misisipi, era conocida por su destreza en la industria, donde se procesaba el mejor fresno del pantano.
Me vestí rápidamente, apenas me aseé y me preparé un café, con la firme intención de no llegar tarde. Aunque el viaje no era largo, el tiempo se escurría y, en esta época del año, la noche caía rápidamente.
Con mis gafas puestas, la edad no perdona, avancé hacia mi fiel Ford Ranger azul. Allí estaba, impasible, estacionado frente a la entrada del taller. Sí, estaba algo desgastado, pero su motor rugía con la fuerza de mil caballos, funcionando a la perfección, como si desafiara la inexorable marcha del tiempo.
Al llegar, algo me desconcertó por completo. En la parte trasera de mi vieja camioneta, reposaban un par de enormes tablones de fresno del pantano, descansando sobre algunas pavesas.
Mi curiosidad me llevó a la parte delantera, donde una enorme abolladura en el paragolpes derecho me dejó atónito. Después, me asomé a través de la ventana del copiloto para descubrir con asombro que dos botones nacarados de una blusa de mujer brillaban sobre el asiento. Dudé un momento, pero la necesidad de más madera me empujó hacia adelante. Salí hacia Jackson.j


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