LA NOCHE DE WALPURGIS

 


Cada 30 de abril, cuando el frío ya no aprieta pero tampoco se rinde del todo, las hogueras empiezan a encenderse en medio de algunos bosques. 

Dicen que es para ahuyentar a los malos espíritus, para cerrar el invierno y abrirle paso a la primavera. 

En Alemania lo tienen más que asumido: en el Brocken, por ejemplo, se lía una que ríete tú del Oktoberfest. Las brujas y brujos, los de verdad, no los de escoba y sombrero salen a celebrarlo por todo lo alto. 

Y aquí, en Móstoles, aunque no tengamos ni bosque ni montaña, el aire cambia. Se vuelve un poco más denso. Más raro. Como si algo viejo, muy viejo, estuviera despertando bajo el asfalto…

El origen de la cosa es pagano, claro. Luego vino la Iglesia, puso a Santa Walpurga en el cartel y lo cristianizó como quien le pone una pegatina de “nuevo” a algo que ya venía usado. Pero el fuego siguió encendiéndose y el miedo también.

Lo curioso —y esto ya es personal— es que yo nací esa noche. No sé si fue casualidad, conjuro o capricho del calendario, pero desde entonces, por una razón u otra, lo insólito ha decidido quedarse a vivir conmigo. A veces toca la puerta. A veces ni avisa. Pero es seguro que siempre me acompaña a donde quiera que vaya. 

Tal vez sea por eso que escribo lo que escribo. Porque hay cosas que no se pueden explicar, pero sí pueden contarse.

Gracias a todos los que me habéis felicitado hoy, y ahora, disfrutad la noche de Walpurgis por todo lo alto. 

Que soñéis con los angelitos.

Comentarios

Entradas populares