El SEGUNDO ASALTO


PRÓLOGO 

Ayer fue uno de esos días en los que, cuando menos te lo esperas, ocurre algo que te deja una cicatriz en el pecho. No una herida cualquiera, sino una de esas que se quedan para siempre, como recordatorio de que la vida puede ser frágil… y a la vez inmensa.

Uno de esos días en los que comprendes, sin margen de duda, que la magia existe. Que si eliges bien las palabras, si las pronuncias con el corazón en la mano, entonces ocurre: la invocas. Y en ese instante, algo se enciende en el otro lado. Y responde.

Dudé. Dudé mil y una veces antes de responder a su mensaje. Pero al final lo hice, y creo que ha sido una de las mejores decisiones que he tomado en las últimas semanas. Solo puedo dar gracias por encontrar en mi camino a personas así, por vivir situaciones así, por recibir palabras así… que me hacen crecer, y ser consciente de que, pese a todo, el ser humano sigue siendo maravilloso.

EL SEGUNDO ASALTO 

Pedro mandó un mensaje de despedida. No era una despedida del curso de guitarra, como podrías esperar de alguien que simplemente cambia de actividad o de rutina. Era otra cosa. Un adiós con la calma y el peso de quien ha mirado a los ojos lo inevitable. Su voz, aunque templada, llevaba esa vibración que sólo aparece cuando el cuerpo ya no puede mentir.

Le respondí desde lo más profundo. Con el corazón encogido y los ojitos empañados. Le dije que la vida, incluso en sus últimos compases, seguía siendo un milagro. Que si aún había una rendija, aunque mínima, por la que pudiera colarse la luz, que se agarrase a ella con todas sus fuerzas. Que si al final tenía que marchar, que lo hiciera sabiendo que había vivido con dignidad, con amor por lo que ha hecho, con autenticidad.

Su respuesta llegó pronto, y fue como un golpe suave en el pecho.

“Ya hace diez años estaba en fase terminal”, me contó. “Me dijeron que si no llegaban unos pulmones en quince días, yo ya no llegaba. Y faltando once, llegaron”. Diez años después de ese milagro, la vida volvía a ponerlo a prueba. “Ahora llega un segundo asalto —decía— y de momento voy perdiendo”.

Pero no se rendía. No lo hacía.

“Estoy agarrado a esa rejilla que tú comentas, esperando a que en un último momento se haga la luz”, escribió. “Y como dice el dicho, la fe mueve montañas… y yo tengo que mover la mía”.

Le respondí sin adornos:

“Agárrate a lo que sea, siempre hay espacio para la esperanza. Recuerda, es lo último que se pierde.”

Pedro se despidió con calma. Dijo que estaba muy tranquilo, pasara lo que pasara. Que si había otra vida después de esta, o una reencarnación, o algo parecido, quería escribir como yo. Leer eso fue muy emocionante.

¿Y sabéis qué? Que aunque él no lo sabe ya lo hace. Que sus palabras se clavan, se quedan, se respiran y te remueven por dentro.

Y si algún día tiene que marcharse, que lo haga como ha vivido: con luz.

Pedro, llegado el momento, si tiene que ser así, que la tierra te sea leve.


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