«Mucho de lo que leo me parece una puta mierda, pero no porque esté mal escrito, sino porque no hay verdad»
“Vamos a pensar, por un solo instante, que uno pudiera entrevistarse a sí mismo. Que se siente frente a un espejo, y que las preguntas surgen de la necesidad de dejar algo claro: lo que te molesta, lo que te preocupa, lo que te apetece decir. No hay filtro, no hay público más allá de ti mismo y de quienes quieran escucharte. Solo hay verdad, evidentemente, tu verdad, algo que en la literatura que leo hoy, brilla por su ausencia.”
Una entrevista incómoda dirigida... a la humanidad
Entrevistador: Empecemos sin rodeos. Has dicho que mucho de lo que lees te parece una puta mierda. ¿De verdad es para tanto?
Autor: Sí. Y no es una provocación gratuita. Ojalá no fuera así. El problema es que se ha confundido escribir bien con decir algo. Y no son lo mismo. Puedes dominar el lenguaje, las estructuras, los recursos… y aun así no tener nada que decir. Eso es lo que me expulsa como lector.
E: Pero vivimos rodeados de textos cuidados, sensibles, incluso bellos. ¿Dónde está el fallo?
A: En la verdad. O mejor dicho, en su ausencia. Leo relatos que funcionan como relojes suizos: todo encaja, todo está en su sitio. Pero no hay pulso. No hay riesgo. No hay una experiencia humana reconocible detrás. Son textos que imitan la forma de la literatura sin asumir su coste.
E: ¿Y cuál sería ese coste?
A: Exponerte. Escribir desde un lugar que no controlas del todo. La mayoría de textos que leo están escritos desde lo aprendido, no desde lo vivido. Desde lo seguro. Desde lo que ya ha sido validado en talleres, cursos, manuales. Eso genera una escritura correcta, pero muerta.
E: Estás señalando directamente a la escritura de taller.
A: No a la formación en sí, sino a su malentendido. Aprender técnicas está bien. El problema es creer que la técnica sustituye a la verdad. Que una metáfora brillante tapa el vacío. Que un final elegante compensa no haber atravesado nada. La técnica debería servir a la experiencia, no ocultar su ausencia.
E: Hablas mucho de cansancio como lector.
A: Porque es físico. No es una opinión teórica. Empiezo a leer y, a los pocos párrafos, mi cuerpo ya sabe que ese texto no va a ningún sitio. No porque sea malo, sino porque es irrelevante. Produce hastío. Saturación. La sensación de estar perdiendo el tiempo con palabras que no arriesgan nada.
E: Sin embargo, esos textos suelen gustar. Tienen lectores, comentarios, premios.
A: Claro. Porque son amables. No incomodan. No dejan heridas abiertas. Son textos que confirman al lector, no lo cuestionan. Funcionan muy bien en ecosistemas cerrados: concursos, blogs, comunidades donde los autores se leen entre sí. Pero fuera de ahí, no sobreviven.
E: ¿Qué le dirías entonces a la humanidad lectora?
A: Que no se obligue a terminar lo que no le dice nada. Que abandonar un texto no es un fracaso del lector, sino del texto. Hemos romantizado demasiado la paciencia con obras que no la merecen. El tiempo del lector es limitado. La literatura debería justificar su existencia.
E: ¿Y a la humanidad que escribe?
A: Que escriba menos y se juegue más. Que deje de preguntarse si el texto está bien escrito y empiece a preguntarse si es necesario. Si hay algo ahí que solo pueda decir esa persona, de esa manera, en ese momento. Si no, quizá no haga falta escribirlo.
E: Suena poco esperanzador.
A: Al contrario. Es una esperanza exigente. La literatura no está en peligro por falta de técnica, sino por exceso de impostura. Cuando alguien escribe desde la verdad —aunque sea torpe, incómodo o imperfecto— se nota. Siempre se nota. Y eso, por suerte, no lo puede enseñar ningún curso.



Comentarios
Publicar un comentario