IA, MÚSICA Y MEMORIA SELECTIVA


IA, música y memoria selectiva: cuando el problema no es la herramienta

Hay mucha gente echándose las manos a la cabeza por el uso de aplicaciones como SUNO para producir música. Se habla de “el fin del arte”, de “la muerte del músico”, de una supuesta amenaza sin precedentes. Pero basta con mirar un poco atrás para darse cuenta de que este debate no es nuevo. Lo que es nuevo, quizá, es quién se siente amenazado.

Recuerdo perfectamente que ya a principios de los años 2000, en nuestro primer estudio de grabación, gran parte de lo que queríamos que sonara en aquella maqueta —especialmente cuerdas y sintetizadores— se programaba en MIDI. Aquello sustituía, sin rubor alguno, a secciones completas de cuerda y a teclistas profesionales. Nadie se echaba entonces las manos a la cabeza.

Poco después, y no mucho después, llegaron herramientas como Logic, EZdrummer, Kontakt, Xpand, Band in a Box y tantas otras. Las librerías de sonidos, las muestras, los loops modificables y la composición asistida empezaron a hacer gran parte del trabajo. Cientos —miles— de músicos fueron desplazados, en cierto modo, por lo que hoy podríamos llamar los antecesores directos de la inteligencia artificial. Y, aun así, no hubo debate moral.

La tecnología siguió avanzando a pasos agigantados, no solo en los home studios, sino también en los estudios profesionales. El uso intensivo de librerías orquestales de alto nivel, programaciones MIDI complejas, cuantización, correcciones y procesos de humanización artificial para que lo programado pareciera “real” se convirtió en el pan nuestro de cada día. Era una práctica normalizada. Nadie protestaba.

Después llegaron empresas como Kemper, Neural DSP y otras, capaces de clonar amplificadores y pantallas mediante IRs con una fidelidad asombrosa. De repente, un guitarrista desde su casa, con una pedalera de 500 euros, podía sonar como antes solo se sonaba tras pasar por un estudio profesional bien equipado. Muchos fabricantes de hardware quedaron por el camino. Tampoco entonces hubo un clamor generalizado.

Al mismo tiempo, Autotune, Melodyne y herramientas similares redefinieron para siempre el concepto de afinación y rendimiento vocal. Convirtieron a cantantes mediocres en intérpretes perfectamente afinados. Y, de nuevo, no pasó nada. Se integraron en el flujo de trabajo como una herramienta más.

Y ahora, de repente, muchos técnicos de sonido, productores y arreglistas —algunos de los cuales han abusado durante años de precios inflados, convirtiendo el sector en un círculo cerrado y solo accesible para unos pocos privilegiados— se echan las manos a la cabeza porque la IA amenaza con quitarles el trabajo.

Tal vez el problema no sea la IA. Tal vez el problema sea la pérdida de una barrera de entrada artificial.

Porque la inteligencia artificial no elimina el talento. Lo que elimina es la exclusividad del medio. Democratiza el acceso. Obliga a dejar de confundir herramienta con autoría y privilegio con calidad artística. Exactamente igual que hicieron antes la imprenta, la fotografía, la grabación multipista o el home studio.

Habrá, como siempre, mucha música mediocre. Mucho ruido. Mucha producción sin alma. Pero eso no es nuevo. Lo nuevo es que ahora habrá también personas con cosas que decir que, hasta hoy, no podían permitirse decirlas.

Por eso, bienvenida sea la IA, siempre que se entienda como lo que es: una herramienta más que se integra en los estudios de grabación y en los procesos creativos, y que puede ayudar, por fin, a democratizar la industria musical.

Estamos en el siglo XXI. Y del mismo modo que en el siglo XIX la máquina de coser cambió para siempre la industria de la moda, o que la imprenta revolucionó el mundo de las artes gráficas, en 2025 la inteligencia artificial va a transformar la música. Quizá —y solo quizá— un sector que llevaba demasiado tiempo apolillándose.

No es el fin de la música.

Es el fin de una forma concreta de decidir quién podía hacerla.

Comentarios

Entradas populares